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LAS MUSAS Y EL DOLOR: SOBRE DE MÚSICA Y OTRAS PIELES,
por Pedro Provencio

(Palabras pronunciadas con motivo de la presentación de "De música y otras pieles" -24 junio 2015-)

 

el imperfecto cielo concedido, de marta fuentesCARMEN CRESPO
DE MÚSICA Y OTRAS PIELES
Introducción de Manuela Sola Castro
Madrid, Editorial Polibea, colección EL LEVITADOR, número 53, 2015

Estamos en la mejor ocasión astronómica del año, mirando desde nuestra zona planetaria, claro: en pleno solsticio de verano. Si en el solsticio de invierno el sol se nos acerca con malas intenciones cerca de dos millones de kilómetros, seis meses después, en el extremo orbital opuesto, esa misma cercanía nos parece benigna. No es casualidad que cuando los pintores clásicos representan las variadas actividades de Apolo y sus musas suelan hacerlo en un ambiente veraniego, rodeado de fronda brillante y de generosos rayos de sol.
Por eso, hablar de un libro de poesía como éste es muy oportuno en la estación que ahora se inicia, en el centro luminoso del año. De música y otras pieles concentra generosamente a distintas musas, a varias artes, y las sitúa, podríamos decir, como telón de fondo de los versos. Podríamos, pero no lo digamos así, porque la metáfora “telón de fondo” supone una distancia, un alejamiento: el fondo está detrás, y la escena delante. Será mejor decir que la música, la pintura, la escultura o la fotografía están presentes a estas páginas. Presentes, pero no ahí, a unos pasos de distancia, sino dentro. Dentro de este libro, dentro de cada poema y cada palabra, hay música, hay manchas de color, líneas, cobres, formas objetivas. ¿Cómo se produce ese fenómeno?
Ante todo, quiero subrayar que estamos ante un libro de poesía. Proceda de donde proceda cada poema, aquí leemos poesía, y el objetivo de Carmen Crespo ha sido escribir indudablemente poesía. No se trata de trasladar a poesía lo que el pintor ha plasmado en la tela o lo que el violinista lee en la partitura. Se trata de que el poema surja con todo lo que el arte poética pueda aportar al lector, pero que lo haga en presencia de, habiendo incorporado a, con la aportación de las otras artes. Podríamos decir: el parto ha sido poético –este libro-, pero la concepción y la gestación ha tenido componentes pictóricos, lineales, figurativos, musicales, etc. La poesía es promiscua, por suerte; con tal de producir su efecto, se deja fecundar y busca fecundación no sólo en artes diversas, sino en ciencias, en narraciones, en noticias de periódico y hasta, por qué no, en sentencias judiciales o historiales clínicos.
Pero insisto en que, sin olvidar esa gestación multifacética, una vez escrito el libro, se trata de un objeto independiente de sus componentes externos, es decir, se lee por sí mismo y no porque las otras artes lo hayan hecho posible. Los ingredientes musicales o plásticos han sido destilados minuciosamente, han pasado por el alambique del lenguaje, que es el ingrediente principal, y han dado como producto final unas gotas ligeras pero persistentes, lentas pero firmes de poesía.
La poesía de Carmen Crespo es autónoma. Así quedaba claro en sus poemarios anteriores: Tal vez huésped (2014) y Cuerpo o el corazón del mundo todavía (2012). Se trata de una poesía concentrada, centrípeta, opta por una sobriedad neta, mantiene un empeño riguroso por la síntesis. Véase cómo los siete minutos que dura el dúo de Andrea Chenier, de Giordano (siete minutos y pico durante los que el tenor y la soprano se lanzan gritos mutuamente), se reducen a 19 palabras de poesía que acaba en una suspensión: “La voz sostiene el canto / mientras los ojos”. Esa concisión nos llega casi exenta de signos de puntuación y sobre todo viene en voces enunciadoras mayoritariamente conjuntas, en primeras personas del plural: “creímos”, “caímos”, “nos desvanecemos”, recurso gramatical que parece convocar a una subjetividad colectiva, a quienes estamos escuchando, viendo, observando, contemplando y, sobre todo, leyendo. La primera persona del singular sólo aparece en una ocasión (pág. 42: “Te di”). En estas páginas habla más el libro que la persona; la persona responsable de la autoría se ha transfigurado en palabra. Mallarmé habría aplaudido a Carmen Crespo. Y el libro se lee incluyendo al lector en una actividad, diríamos, comunitaria (aunque no necesariamente comunicativa): la comunidad de quienes hemos sido impresionados por un arte u otra para que esas artes nos hagan hablar. Este libro pasa por la música, la pintura, la fotografía, pero habla por sí mismo.
Pero ¿de qué habla? Partiendo de lo propio de otras artes, este libro habla de lo que le es propio, se centra en el núcleo de la dicción, donde la voz dice, ante todo “estoy diciendo esto”, es auto-hiper-consciente. La voz es la materia prima de la poesía, incluso si no la leemos en voz alta, en las palabras escritas está el latido de la voz; la voz es lo más material de eso que llamamos espíritu, y a la inversa, es lo más espiritual de nuestro organismo. La voz de Isolda, mientras muere de amor, es “la sangre ligera que brota en el aire”: la voz conecta con la sangre y con la raíz de la sangre, la voz enlaza nuestras entrañas con el sentido de lo que ambicionamos decir: “al acecho de un asombro”. Porque la voz de este libro acecha, interroga, se aproxima, insinúa, nombra, sin más sujeto que esa pluralidad, “corremos como locos / a hundirnos en la sangre”, a hundirnos en nuestro decir breve y dramático de palabras escasas impulsadas por toda nuestra vitalidad. La vitalidad humana debería tener sentido, algo hay en ella que lo exige, algo hay así de exigente en el fondo de su forma de expresión; de ahí que el lenguaje se busque arte en sí mismo, se haga poesía.
En la exigencia que este libro se aplica a sí mismo ocurre como en la música de Anton Webern: por cada paso que se da en horizontal, de aquí hacia allí, se dan miles de pasos en vertical, de aquí hacia aquí mismo. La visión, más que al paisaje, tiende al desierto, como la palabra escueta tiende a la condensación: “bajo / el sol la piedad / reluce como cáscara / recién pulida”. Eso dice: que entre la sangre y la voz está toda la Historia, todo lo que se ha dicho significativamente, resumido ahora en esa pregunta: “¿Qué dolor es este?” (p. 41) Quizás no haya respuesta: la Historia que nos ha traído hasta estos días, ese relato de horrores tozudos y de piedades frágiles (de errores insistentes y de aciertos efímeros) no tiene respuesta, pero sí formas de intentar responder: artes diversas, todas orientadas hacia un mismo punto de fuga -¿Por qué tanto dolor, después de tanto hablar, pintar, cantar, contemplar?, ¿qué dolor nos espera todavía y por qué?-, y entre todas, o incluso al frente de todas las demás, el arte de llevar las palabras de cada día hasta el afilado extremo del poema. Allí, donde estos poemas nos llevan, las palabras tienen cuerpo, se hacen cuerpo en la voz.

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